Reconocemos que toda persona ha sido creada por Dios, posee una dignidad inherente y está llamada a una vida ordenada a la verdad, al amor y a la plenitud del florecimiento humano.
Afirmamos que la fe debe informar la vida entera, que la prudencia debe guiar nuestras decisiones y que la responsabilidad debe regir el uso de los dones y oportunidades que nos han sido confiados.
Afirmamos que la reciprocidad fortalece la confianza, la mutualidad esclarece la responsabilidad compartida, la solidaridad hace efectiva la ayuda y la caridad lleva nuestra preocupación más allá de los límites del intercambio inmediato.
Afirmamos que la justicia y la caridad van unidas; que la riqueza es un bien legítimo, pero no un fin último; que la autoridad es una responsabilidad de servicio, y que la competencia profesional debe ir acompañada de integridad moral.
Nos comprometemos a formar nuestra vida interior para que nuestras acciones exteriores lleguen a ser más fieles, más justas, más prudentes y más fecundas.
Nos comprometemos a construir relaciones en las que los miembros puedan hablar con honestidad, discernir decisiones difíciles, ofrecer y recibir consejo, corregirse mutuamente con caridad y sobrellevar con mayor sabiduría sus responsabilidades legítimas.
Nos comprometemos a apoyarnos mutuamente en la adversidad, a compartir conocimiento y oportunidades, a administrar con responsabilidad los recursos y a cultivar las virtudes que exige un liderazgo fiel.
Nos comprometemos a respetar la dignidad y la libertad de toda persona, a proteger la confidencialidad legítima, a honrar las obligaciones justas y a rehusarnos a utilizar la fraternidad como instrumento de manipulación, explotación o dominio personal.
Nos comprometemos con el florecimiento de nuestros miembros y de sus familias, reconociendo que nuestras responsabilidades van más allá del éxito profesional y que nuestra vida compartida debe permanecer ordenada al bien común.
Nos comprometemos a servir a quienes están más allá de nuestra fraternidad mediante la caridad, el liderazgo responsable y el ejercicio fiel de nuestras vocaciones profesionales, empresariales, institucionales y personales.
Nos comprometemos a aprender del fracaso, a corregir lo que es injusto, a mejorar lo que es ineficaz y a asegurar que nuestras estructuras sigan siendo instrumentos de fines humanos y cristianos legítimos.
Reconocemos que nuestros recursos, talentos, autoridad y oportunidades nos han sido confiados. Por ello buscamos no solo acumular, sino administrar con responsabilidad; no solo tener éxito, sino dar buen fruto; no solo asociarnos, sino acompañar; no solo discernir, sino actuar.
No pretendemos que la fraternidad elimine la incertidumbre, que la riqueza garantice la virtud, que el éxito profesional demuestre la excelencia moral, ni que institución humana alguna pueda sustituir la gracia de Dios o la misión propia de la Iglesia.
Buscamos, en cambio, construir una fraternidad en la que la formación se haga conducta, la fe se haga coherencia, la prudencia se haga juicio recto, la responsabilidad se haga administración fiel y la solidaridad se haga ayuda tangible.
Buscamos florecer juntos, no mediante la exclusión de otros, sino mediante el desarrollo responsable de nuestros dones y el cumplimiento fiel de nuestras obligaciones.
Buscamos servir más allá de nosotros mismos, no como medio para adquirir prestigio, sino como expresión de la caridad cristiana y de la responsabilidad por el bien común.
Y buscamos hacer todo esto con la convicción de que la medida de nuestra vida compartida no es solo lo que poseemos, lo que logramos o la influencia que ejercemos, sino la fidelidad con que usamos lo que nos ha sido confiado al servicio de Dios y del prójimo.
Ad Majorem Dei Gloriam.