Marco Aurelio
Educado para brillar en la retórica, el futuro emperador la dejó por la filosofía: no quería aprender a convencer a otros, sino a gobernarse a sí mismo. Gobernó entre guerras, peste y traiciones, y de noche escribía sus Meditaciones para examinar sus propios juicios. Su metanoia no fue un acontecimiento, sino una disciplina diaria: distinguir lo que dependía de él y no confundir el resultado con su identidad.